Aunque empezó a hacerlo desde niño, su futuro universitario no estuvo en las bellas artes, sino en la arqueología y la antropología. Su fascinación por la pintura siempre se nutrió de las posibilidades infinitas de conocimiento que le abrían esas carreras y de las diferentes percepciones de la realidad. Se trataba de descubrir, por ejemplo, que los esquimales tienen una gama infinita de blancos; que la comunidad indígena del Mato Grosso, los Bororos, tiene una variedad de verdes sin fin y que el amarillo es fundamental en los Anassasi de Nuevo México.
Todos esos colores, combinados, saturados, alterados, cifrados en formas y en contenidos son la expresión individual del lenguaje de Helbert Ortiz. Desde hace veinte años utiliza únicamente una espátula y pinta en todos los formatos. Suele trabajar simultáneamente en diez obras porque los secados de cada una son muy lentos. Óleo, arena, talco y cuarzo le dan esa textura que considera fundamental “porque saca la pintura del lienzo, la hace ver más viva y con más cuerpo”.
Los temas recurrentes, las mujeres, la naturaleza y los trazos infantiles, son sólo un pretexto para crear un lenguaje de color y de juegos visuales, que al fin de cuentas son los que le interesan. No escatima en referirse con convicción al arte conceptual y sostener que es una estafa intelectual y el epítome del grado de irracionalidad en el que ha caído el ser humano.
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